El museo del mundo

viernes, diciembre 04, 2009

Los días tristes

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Hay días tristes. Hay días en que no hay nada que hacer con la tristeza, más que sentirla. Es una cosa de relajar el cuerpo, buscar cierta calma y dejar que el dolor pase a través, sin hacer sacudidas desesperadas, como un enfermo que soporta una fiebre.
Hay cosas que no tienen solución. Hay dolores que no pueden evitarse, que no tienen consuelo por ahora, ni soluciones mágicas. Hay días en que vemos sufrir a los que queremos y no podemos ayudarlos. Hay personas que no nos dejan ayudarlos, que nos rechazan, entonces hay que saber hacerse a un lado y mirarlos sufrir y respetar en silencio esa soledad que es necesaria.
Estoy cada vez más convencida de que el aprendizaje más importante en cualquier vida es el de cómo lidiar con lo que duele. Está la tristeza; de vez en cuando algo nos saca de esa inmovilidad y nos devuelve al entusiasmo, como una chispa que se enciende, siempre frágil. Entonces, hay que esperar a que suceda eso. Como en este poema.



La vida...es acordarse de un desvelo

triste en un tren al alba: haber visto
afuera la luz incierta: haber sentido
en el cuerpo roto la melancolía
virgen y áspera del aire hiriente.
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Pero recordar la liberación
de improviso es más dulce: junto a mí
un marinero joven: el azul
y el blanco de su divisa, y afuera
un mar todo reciente de colores.


. . ......................................... Sandro Penna
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viernes, noviembre 27, 2009

Individual es un mantel chiquito

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Se advierte que algo precioso y existencial, algo frágil y único de nuestra propia singularidad, se perderá irremediablemente cuando averiguemos que somos exactamente como todos los demás: en ese caso, así sea, y sepamos lo peor; la objeción es la forma primordial del existencialismo (y la fenomenología), y lo que es necesario explicar es la emergencia de esas cosas y esas angustias.

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Frederic Jameson, El giro cultural, Buenos Aires, Manantial, 1999, pág. 60.
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lunes, noviembre 16, 2009

Emi


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Hoy cumple años la señorita, yo me di cuenta de que estaba creciendo. Por ahora le regalo la parte que habla de ella del libro que escribí, para que no tenga miedo y se pregunte qué barbaridades puse. Acá está ella, disfrazada de locos años veinte, cosa que le va muy bien. Un beso, nena!


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Eran dos chicas, no sabían si eran fuertes o débiles, nunca lo sabían. A veces ella era la madre; cuando Emilia se iba a dormir le pedía "¿Me apagás la luz?" y ella se la apagaba y le cerraba la puerta de la pieza. A veces Emilia era la madre; cuando a ella le dolía mucho la cabeza le ponía en las sienes unas gotas de aceite de hierbas que sacaba de un frasco. No les gustaba hacer las cosas de la casa. Les gustaba la casa, querían un lugar cómodo para vivir y les gustaba el que habían elegido, había sol y pisos de madera y las habitaciones eran grandes, pero no les interesaba. Los discos estaban desde el principio en una caja de cartón, ellas pensaban que era un mueble. El teléfono estaba arriba de una caja de cartón en la que había venido, junto con unas lapiceras y papeles para anotar cosas. Siempre se les caían los papeles porque la caja era muy chica. Un día le dijo a Emilia: "Me parece que tenemos que conseguir una caja más grande".
Eran muy torpes. A Emilia se le quemaban las ollas y a ella se le morían las plantas. Cuando le parecía que estaban muy secas las regaba, a veces las cambiaba de posición, las ponía en un lugar con luz, después se marchitaban algunas hojas y le parecía que necesitaban aire, entonces las colgaba de la soga de la ropa para que respiraran. Enfrente de la casa había un supermercado chico al que iban siempre a hacer las compras, al lado del supermercado había un lavadero chino y en la vereda de ellas un restorán peruano que tenía comida muy rica y muy barata. A la vuelta quedaba la verdulería de los bolivianos y el negocio que vendía plantas; estaban bien ubicadas.
Ella hacía las compras mientras Emilia estaba en el trabajo, después tachaba del ticket las cosas que no eran para compartir y a la noche cuando estaban juntas hacían las cuentas, anotaban, vos me debés la plata del teléfono, si querés yo pago la luz que es más o menos lo mismo, hay que ver cómo hacemos para tirar la heladera vieja que no sirve, ¿qué podemos comer hoy a la noche?, ¿qué podemos comer mañana?, y así. A veces la casa se ponía tensa por algo que no se decían y cuando una llegaba la otra no le hablaba, a veces ella estaba en la cocina y mientras revolvía la sartén Emilia se apoyaba en el marco de la puerta y le decía "La convivencia lo arruina todo", y empezaba a llorar. Ella dejaba lo que estaba haciendo, iban al comedor y se sentaban, prendía un cigarrillo. Siempre fumaba mientras discutía, se ponía seria y hablaba como una oficinista. Emilia era más vulnerable y ella se hacía la dura pero se querían, al final siempre le daba ternura Emilia porque estaba creciendo y le decía que las cosas no siempre iban a ser así y que no se preocupara. Las dos estaban lejos de sus familias. A veces se peleaban y a veces se pedían perdón; eran una familia.

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jueves, noviembre 05, 2009

Qué lindo es olvidar!

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Hoy es un día súper especial.

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Mi Lucas cumple años por primera vez allá en Bahía y no lo sabe. Hace unos días mi hermano me mandó un video en el que aparece caminando. Esta semana lloré de felicidad dos veces (¡todo un récord!), la primera con esos primeros pasos y la segunda hoy, cuando terminé de leer por segunda vez en esta vida mía que espero sea muy larga El tiempo recobrado.

Me acordaba algunas cosas de ese libro, tenía 22 años cuando lo leí por primera vez, mate de por medio igual que ahora, y me impactaron otras cosas porque yo era otra, especialmente la historia de amor con Albertina y los momentos de la infancia. Este año escribí más que nunca y pensé muchas cosas al respecto. El último tomo de En busca del tiempo perdido, que es el de las reflexiones del escritor, me gustó mucho más. Leí las últimas páginas asombrada, no me acordaba casi nada y cada frase me pareció un descubrimiento magnífico. El narrador, eufórico, acaba de concebir el libro que va a ser la obra de su vida y se pregunta si ese libro podrá ser para los lectores un espejo, o una especie de cristal de aumento que les ofrezca un medio para leer en sí mismos. No me acordaba de esta frase; transité los primeros seis tomos pensando algo parecido, que la lectura de este libro era el aprendizaje más conmovedor que me había tocado y que me traía, no solamente la imagen de mi vida sino de mí misma en el tiempo, midiendo la distancia precisa con esa chica que lo leyó hace años en otra ciudad, en otro mundo. Y de repente me encontré con la frase del espejo y pensé que era imposible saber si la pensé porque la había leído, ya hace muchos años, y la tenía guardada en algún lado, o se me vino a la mente porque a esta altura tengo la mirada formada, entre otras cosas, por ese libro.

Por eso, en una de esas coincidencias que Proust construye pero que pocas veces pasan en la vida, me gusta tanto que hoy sea el día en que terminé ese libro y en que cumple un año Lucas. Las dos cosas me hacen recorrer desde muy muy atrás hasta muy adelante. Lucas funciona para mí, y esto lo pienso por haber leído, como uno de esos otros que me permite medir el movimiento y los cambios en los lugares y las relaciones. Me acuerdo exactamente adónde estaba el día en que nació, me acuerdo todo, como me acuerdo adónde estaba cuando leí a Proust, siempre en casas distintas, y me pregunto cuántos años pasarán hasta que me den ganas de leer de nuevo En busca del tiempo perdido, seguramente tendré más de 40, Lucas será ya un nene que esté a punto de terminar la escuela. Probablemente le cuente algunas de estas cosas.

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martes, noviembre 03, 2009

Mar del Plata


Antes de que se ponga así, nos juntamos a leer poesía en Mar del Plata, a fines de noviembre. El programa de lecturas, acá.
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domingo, octubre 25, 2009

Ana

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Mi amiga Ana, poeta, historiadora amorosa, traductora y cocinera (nadie como ella sabe mostrar cómo todas esas cosas se mezclan y se cruzan en una vida) cumple años. Los cuarenta la encontraron empezando cosas nuevas, revisando el pasado, teniendo a Nina. Por suerte a veces en una vida entran muchas vidas, las experiencias y los amores no dejan de ampliarse. Mi amiga Emilia, mucho más joven, que la conoció este año, me dijo deslumbrada "¡Qué copada que es Ana!", y yo le dije que sí, que por supuesto que ya lo sabía.
Por eso le quiero dedicar este poema, que no es alegre pero tiene que ver con esa idea de que uno es un viajero, que ella misma comentó hace poquito en su blog, y de que apenas se llega alguna vez a alguna parte. Con suerte los años, si supimos prestar atención, nos encuentran un poquito más sabios, pero no por eso tenemos la tentación de detenernos, de dejar de aprender, de que se termine esa aventura.

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Ya vas a encontrar en vos
el dolor
mientras tanto

tirada en una cama
mirás el techo
con ojos muy abiertos

viviste largos años, y todavía
siguen pasando cosas
que no esperabas.

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domingo, octubre 04, 2009

Penélope



Fui a ver Los abrazos rotos ayer a la tarde y hoy necesité ir de nuevo. Estoy pensando en ir una vez más durante la semana, pero voy a ver. Ayer casi me disgutó la película; me cuesta soportar un plano con dos personajes diciéndose cosas importantísimas por celular, y aparte estaba en fila 4 y me parecía que era imposible abarcar toda la pantalla con la vista. Hoy fue mejor. La disfruté como loca y amé cada segundo.

Me declaro enamorada del cine. No voy a escribir una crítica porque no quiero ni puedo; Los abrazos rotos para mí es esto: las tetas de Penélope Cruz y la boca de Tamar Novas (Diego) que me dieron ganas de tocar mientras él estaba durmiendo, entre enamorada y madre; la mirada de madre preocupada de Angela Molina y todas las miradas de Blanca Portillo, que de todos es la más apasionada pero la que no habla, siempre sufriendo al margen y con una intensidad que justamente por contenida es más intensa.

Y lloré cuando Almodóvar hizo este plano que es lo que siempre siento con el cine cuando me toca así: el protagonista, que hace muchos años se quedó ciego, recupera un video donde aparecen los últimos momentos que vivió junto a la mujer que amaba. En ese video ellos van en auto y en un momento se dan un beso, "un beso normal, de esos que se dan las parejas por inercia", le dice Diego, encargado de ver por él, y que fue lo último que sintió ella justo antes de morirse. El ciego se acerca a la pantalla y apoya las manos en las caras de él mismo y de la mujer que quiso, como única manera posible de ver ese beso, y le dice a Diego con voz susurrante, humilde, casi quebrada, mientras vemos únicamente en la pantalla sus manos sobre la otra pantalla donde ocurre el beso: "Ponlo cuadro por cuadro, para que dure más".

El dolor y la fascinación del cine tienen que ver para mí con lo intangible, con esa luz que se proyecta sobre una pantalla y es una película pero que no se puede detener ni tocar; un poco menos, pero algo parecido, a lo que pasa cuando se está por terminar un libro, como ahora me pasa de nuevo con Proust, y se quisiera hacer durar para siempre esas miles de páginas que de repente nos parecen breves. Entonces empezamos a leer frase por frase, palabra por palabra, cada vez más despacio, para que dure más.
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